Gastromanía

Ahora que tampoco vamos a poder comer carne, de buena o mala calidad y disponga uno de dinero o no para adquirirla, es el momento de la cocina imaginativa, es decir, más o menos lo mismo que hasta hoy, dar con la fórmula para llenar el estómago disfrazando de manera atractiva, tanto para la propia conciencia como para la vista, los elementos químicos indispensables que toda persona necesita para mantenerse en este mundo sana y feliz. Posiblemente haya llegado la hora de tantos y tantos que, dormidos o atrapados en las rutinas cárnicas de siempre -jamón y solomillo incluidos-, por fin van a poder dar rienda suelta a sus sueños alquímicos más recónditos y fabular una vida plena de desayunos, comidas y cenas sin la obligatoriedad de la envidiada y a la vez denostada carne, la misma por la que antes tal vez suspiraran y no podían ingerir -debido a problemas económicos o de salud-; ya no será necesario, el mundo de la cocina -incluidos el solomillo de algas y el jamón de saltamontes- se abre de par en par y esta vez es real.

Tanto tiempo rumiando y pensando en un buen filete o en un jamón de pata negra y de pronto resulta que si queremos vivir más años -el informe no dice de qué modo- hemos de dejarlos definitivamente de lado como si fueran veneno. ¿Qué comer entonces? ¿pescado? pero las mayores piezas, las de lomos más grandes y suculentos, llegan al plato con un alto contenido en plomo que también es tremendamente peligroso para la salud; y los pescados más pequeños vienen provistos con un gran número de raspas que incomodan bastante a la hora de saborearlos, aunque, bueno, por eso no hay que preocuparse, siempre se ha dicho que la esencia viene en frascos pequeños y el que no se conforma es porque no quiere. El marisco probablemente suba de precio, el congelado, el otro sólo es accesible a quienes disponen de más dinero que tiempo para partirlo o trocearlo; pero tampoco, porque cuando uno tiene que presumir de status es preferible no mancharse las manos y decantarse por la cocina de calidad, esa esotérica transmutación que poco o nada tiene que ver con la alimentación y sí con las misteriosas prácticas de unos señores locamente enamorados del fuego y el nitrógeno líquido; visionarios y adelantados que, por ejemplo, incapaces de preocuparse o dar con la solución para resolver el hambre en el mundo -o es que sencillamente les importa un pimiento-, decidieron que el objeto de su dedicación debía ser mucho más exclusivo y mejor apreciado por esos otros señores a los que gustan adular y agasajar con sus fórmula mágicas, poderosos de toda ralea, esos privilegiados que entre plato y plato de diseño y botella de renombre gustan discutir de porcentajes y dividendos sin saber exactamente de qué están hablando, luego, cuando se miran el bolsillo, lo entienden mejor.

Comencé hablando de carne y he acabado metido en política, o en economía, que hoy por hoy viene a ser lo mismo, ocurre en cualquier conversación cuando ésta se prolonga y los temas se van sucediendo, tarde o temprano se termina hablando de política, eso quiere decir que llevaban razón aquellos que decían que en este mundo todo es política; si uno no quiere verlo así es su problema. Aunque, visto del revés, también todo es comida, o cocina; pero hablando de política o con su práctica es posible conseguir pequeñas y grandes cosas con las que mucha más gente puede vivir de forma más sana y feliz; en cambio, con la cocina… no sé si lo han sufrido, pero no hay cosa más frustrante y aburrida, amén de mortífera, que un tipo hablando las veinticuatro horas de comida y cocina -probablemente por miedo a hablar de política, por voluntaria ignorancia o por simple estupidez. Platos y más platos, preparados, utensilios, pruebas e inventos asquerosos o imposibles y demás majaderías con las que entretener tiempo y cerebro, aunque a esas alturas la materia gris de un tipo así debe de estar completamente diluida o convertida en una espuma de egotista ignorancia. Uno cocina y come para vivir, no vive para cocinar y comer. Perdón por la vulgaridad, un experto diría saborear, o algún otro verbo más exquisito o todavía por inventar; es tal la capacidad de abstracción que procura la química de los fogones que el mundo real acaba convertido en una reducción de ombligo.

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