Exilio

Creo que todos conocemos de oídas o tenemos algún amigo o familiar que, a la vista de las pocas oportunidades que se mueven por aquí, ha tenido que largarse de este país para intentar hacer algo profesional y laboralmente con su propia vida, cuestión esta más bien secundaria para un gobierno que, en una muestra más de cinismo, habla de las capacidades, el vigor y el empuje de nuestra ciudadanía mejor preparada, como si la cosa no tuviera que ver con la escabechina laboral y social que se traen entre manos y solamente se tratara de cuestiones personales, casi de gusto, que favorecen las relaciones con Europa y el aprendizaje de idiomas; se trata simplemente de estar a la cabeza de algo. Y se ha convertido en una autoextradición tan frecuente que ya a nadie le extraña que tanta gente tenga que hacer las maletas para intentar resolver su futuro de manera digna, cosa de los tiempos que corren, como si ello tuviera que ver con una mano divina encaprichada en zarandear a su antojo las cuestiones humanas.

Este auténtico exilio, consecuencia de una crisis ficticia pergeñada por unos intereses particulares de enriquecimiento muy reales, es bastante significativo en cuanto al futuro que se le está imponiendo a las clases menos pudientes de la sociedad, sobre todo porque está expulsando del país a una mayoría de personas con estudios universitarios y técnicos en una operación de desmantelamiento a pasos agigantados dictada por gurús de pacotilla que han decidido de antemano qué clase de ocupaciones y actividades laborales corresponden a esta parte del mapa. Y probablemente sea ir demasiado lejos -o no-, pero hace algo más de setenta y cinco años un golpe de estado perpetrado por las fuerzas más retrógradas contra un Gobierno legítimamente elegido envió lejos de nuestras fronteras a una generación de españoles educativa, cultural e intelectualmente muy bien preparada porque el nivel cultural de la población, a la hora de asumir y obedecer las reaccionarias consignas de los vencedores, debía retroceder a niveles de indigencia y analfabetismo de siglos pasados. Interesaba, tanto entonces como ahora -parece que no ha pasado el tiempo-, un vecindario obediente e ignorante, sumiso y casi amordazado, más preocupado por el acceso a las necesidades más básicas que por sus posibilidades de mejora social y cultural, excluido de lo que significa vivir con dignidad porque ha de dedicar todas sus capacidades a intentar subsistir en competencia con otros igual de necesitados, sin tiempo ni medios para exigir derechos y respeto como ciudadanos. En definitiva, el resultado final es un país de esclavos y siervos dedicados a las tareas más elementales para las que apenas es necesario un mínimo nivel educativo y/o cultural, una nueva versión -más moderna- del “que inventen ellos” que nos deja como excluidos, ni siquiera a la expectativa, sin memoria, castigados y en cruda competencia por unos sueldos cada vez más bajos y condenados a la más absoluta precariedad.

Aunque el origen de aquel exilio fuera un golpe de estado contra el poder legalmente constituido por parte de las derechas más simples y reaccionarias, que provocó una guerra civil y sumió al país en décadas de retroceso y subdesarrollo, no hace falta conocer mucha historia para advertir a simple vista que el gobierno actual, formado por las mismas facciones de entonces -en muchos casos por sus descendientes directos-, se mueve demasiado bien en este tipo de escenarios; con la excusa de lo inevitable -casi divino- se repiten las formas -no queda otro remedio-, los discursos -saldremos adelante por nuestros propios medios, a la fuerza, pero sin reconocer en qué condiciones y que lo perdido ya no se recuperará-, y se enaltece la raza patria y valía de los más capaces -frente a la opción de sentarse a rezar por si escampa, repartirse las migajas y dar las gracias a Dios por estar sanos-, dejando el solar limpio y aseado para mostrar al mundo que donde no hay no pueden crecer más desgracias.

Esta entrada fue publicada en Sociedad. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario