Palabras

No tenía familia ni amigos en España. Nunca había empuñado un arma. Tenía un trabajo (de mecánico), una novia (Ivy) y toda la vida por delante, pero con 22 años Jack Edwards lo arriesgó todo por luchar en una guerra que no era la suya, en un país en el que no había puesto un pie, España. Con otros jóvenes como él, algunos casi niños, abandonó Liverpool para enrolarse en las Brigadas Internacionales, el ejército de voluntarios extranjeros — 35.000, de 55 países— que apoyaron a los republicanos en la Guerra Civil. “Mi padre siempre decía que lo más importante que había hecho en su vida había sido luchar en España contra el fascismo”, explica Pete, su hijo, de 72 años, en un autobús al valle del Jarama para cumplir el último deseo de Edwards: que sus cenizas fueran esparcidas en el campo de batalla.

Este párrafo es el comienzo de una noticia aparecida en el diario El País el pasado 24 de Febrero. Pueden decirse y opinar muchas cosas acerca de ello -palabras-, se pueden dejar de decir muchas más -palabras-, obviar otras o aguantar las quejas de los que, sin ver más allá de sus narices, probablemente gritarían aquello de “más de lo mismo” como respuesta a su particular celebración de un único presente que reniega y convierte en lastre toda memoria y recuerdos que no sean los suyos -también con palabras, incluso más sucias-; y no sería de extrañar que hubiera amenazas al respecto. Pero no, no me interesa entrar al mismo y rancio trapo, no se trata de remover nada sino de esbozar algunos comentarios a partir de dos palabras, memoria y verdad. Para ello no vendría mal recordar que la memoria es la única herramienta de la que el hombre dispone para conservar y transmitir sus propios hechos, gestos y experiencias, lo que inapelablemente la convierte, con más frecuencia de la necesaria o deseada, en el objetivo de viles palabras tratando de ensuciarla de mierda interesada; siempre las palabras, ese exclusivo invento humano capaz de elevar y ennoblecer al hombre en toda su plenitud. No deja de paradójico, o triste.

Pero sobre todo me interesa de la noticia cómo alguien es capaz, era capaz entonces, de dejarlo todo para luchar por la verdad, sí, porque no creo que haya que recordar o ponerse a discutir de qué lado estaba la verdad en los años que la precedieron y durante la Segunda Guerra Mundial; con todos los peros que el diablo quiera imponer. Porque, dónde está hoy la verdad, si es que hay alguna. Si la memoria ya no significa nada o más bien la hemos convertido entre todos en una pesada e inconveniente rémora estamos inevitablemente abocados a perder la capacidad de comprendernos como personas y de reconocernos en lugares o momentos de nuestra vida, a repetir errores pasados, además de haber asumido sin rechistar que ya no hay nada común y muy poco que pueda compartirse -tampoco una verdad- y compartirnos. Hoy, los que detestan y desprestigian la memoria porque impone una pausa, un punto a partir del cual uno puede encontrarse a sí mismo o decir que empezó y al que regresar cuando duda o trata de renovar fuerzas, son los mismos encargados de vender que la verdad no existe -cada cual dispone de su verdad, que es como afirmar que no existe ninguna, luego todo el monte es orégano-; para ello ya se encargan las veinticuatro horas del día de comprimir los segundos impidiendo que las personas puedan reencontrarse en su propia memoria o reunirse en pos de una verdad, no dejando espacio ni tiempo para mirarnos a la cara y reconocernos y evitando que sepamos en qué lado estamos, si es que disponemos de alguno, qué y quienes forman o han formado parte de nuestra propia vida o cuales y quienes son los que nos sostienen o pueden sostenernos en caso de necesidad, tanto en el presente como en el futuro, tanto frente a lo malo como frente a lo bueno. Hoy es moderno o actual y necesario un hombre vacío, cual tabula rasa, ofreciendo su memoria y su corazón a la marca que le suministra el alimento que cada día se lleva a la boca u ocupa su mente, ni siquiera se trata de renegar de sí mismo porque no hay nada de lo que renegar, incluido el significado de la palabra renegar; hoy vivir es mostrarse como un recipiente permanentemente vacío listo para ser llenado o completado con infinidad de noticias, informaciones, juegos, publicidad, adminículos, entretenimientos, sucesos, actividades o expectativas tal que continentes huecos que sólo ocupan espacio, no quedando lugar para uno mismo o su memoria. Hoy no sabemos o no nos importa por qué queremos lo que queremos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué, llegado el caso, dejaríamos todo, por qué compartiríamos el tiempo con otros para saber dónde está la verdad o para llegar a alguna verdad, hoy no hay verdades -son estorbos que frenan el funcionamiento del mercado, porque hoy todo es mercado-, solo la imperiosa y permanente obligación de mostrar un alma deshabitada y vacía de palabras.

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