En un buen día en Columbus Park puedes y no puedes sentarte, por si molestas -a mí me suele suceder eso- o no debes; también puedes preguntarte por qué te vas a sentar precisamente allí, no, no es porque no existan lugares para hacerlo o no sea posible, te lo impidan o te encuentres con problemas, sino porque probablemente no hallarás ningún sitio libre donde depositar tus posaderas, y ello tras reconocer que la primera impresión es la de estar en otro mundo en el que, sin que nadie te diga absolutamente nada, parece más conveniente o mejor observar e intentar pasar desapercibido, cuestión de respeto y porque tu paso por allí será más emocionante si es discreto. Aunque parezca sorprendente Columbus Park debe albergar el mayor porcentaje de ancianos al aire libre por metro cuadrado de toda la isla, imagino que bastante más que en cualquier otro punto de Manhattan; señoras y señores mayores y muy mayores, pequeños, sonrientes o muy enfadados, charlando, descansando, viendo, leyendo, jugando a las cartas -al mahjong, al ajedrez chino o algunos de esos juegos orientales a primera vista tan difíciles de entender-, discutiendo, cantando, bailando… bajo esa especia de pagoda oriental que forman los árboles en otoño sobre la plaza. Y si tienes suerte verás trabajando en la acera o junto a las rejas que rodean los jardines a algún zapatero o afilador de los que creías extintos, artesanos del siglo XIX, sí, como la última vez que estuviste por aquí.
Después te alejas despacio cotilleando en las tiendas de souvenirs y en los puestos callejeros de frutas, compras un coco para saborear el agua y te decepciona su sabor porque es agua, no coco; cargas con un par de cosas que nunca habrías imaginado comprar o dudas entre un masaje en los pies o en la espalda, no, mejor no, y luego, tal vez mucho más tarde u otro día cuando, sentado en algún parque o terraza, te fijes en la gente que pasa a tu lado caerás en la cuenta de que hace tiempo que no ves un anciano caminando por la calle, que no recuerdas haber visto alguno ni antes ni después de Columbus Park, lo que te obligará a preguntarte ¿por qué no se ven ancianos en Manhattan? ¿esta ciudad no admite gente mayor, tal es su ritmo o exigencias? E intentarás regresar a esa pequeña china a miles de kilómetros de China que, curiosamente, será el único lugar que recuerdes de Nueva York donde pudiste ver ancianos.