Apenas quedan unos días para un nuevo solsticio de verano, una fecha astronómica inexistente pero que entre nosotros ha adquirido una relevancia especial desde que los hombres vienen habitando la superficie de este planeta. Es la celebración de la plenitud solar por excelencia, esa estrella, insignificante a nivel astronómico, que ha originado, regido, regulado y todavía mantiene en pie la vida del hombre en la tierra, extraña y mágica en un principio, asombrosa en su exactitud y a la que la paciente observación de generaciones ha conseguido arrebatarle una normalidad a través de la cual el hombre comenzó a conocerse a sí mismo, buceando en sus propios orígenes hasta hoy. Siglos y culturas han reverenciado la máxima altura del sol en cielo y celebrado con festejos, sagrados y profanos, el día más largo, el final o el principio de un nuevo ciclo, según se mire, que también se reproducía en nosotros, pero que la innegable curiosidad humana está consiguiendo alterar empezando a vivir de espaldas a él, al margen de su luz o inventando sucedáneos de ella, pero de momento no sin ella. Felicidades pues, disfrutémoslo como se merece.
Ah! les advierto contra todos esos ignorantes que ahora están velando armas para en la noche más corta dedicarse a comer, beber y aullar como salvajes llenando de mierda la poca memoria que nos queda y todo prado o playa donde sus zarpas huellen.