Parece que ya ha pasado la fiebre informativa vaticana y las cosas vuelven a la normalidad, es cierto que se trata de una normalidad más bien crítica, pero llevamos embarcados en ella varios años sin que las cosas se aclaren ni solucionen en modo alguno, como si la intención nada oculta de sus causantes y mantenedores fuera dejar que el tiempo pase y por aburrimiento o cansancio la gente olvide todo lo que ha sucedido y ahora mismo está sucediendo, para, una vez recuperada o conseguida la nueva normalidad que traiga el olvido, seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido. Asegurar con total rotundidad que es esto lo que en realidad está aconteciendo sólo alarmaría a los más ingenuos o estúpidos. Pero hay una cosa que me gustaría comentar a partir del espectáculo religioso que hemos padecido todos en general, religiosos o no, a cargo de unos medios informativos que venían buscando con desesperación algo más espiritual e intangible -que no dejara mancha- como lo sucedido en Roma para aparcar temporalmente una crisis que ya no les aporta tanto dinero, dando por ello una calurosa, prolija en medios y exuberante bienvenida a tan etéreo e incriticable montaje como el escenificado en el Vaticano; siempre y cuando se obvien u oculten los molestos aguafiestas y se pase de puntillas por las cuestiones más prosaicas y vulgares que con toda probabilidad oscurecen tan sospechoso y anacrónico lugar en el mundo. Viendo en las pantallas de televisión a tantos y tan fieles de aspecto más que sano atentos y expectantes al balcón de la basílica del Vaticano no dejaba de preguntarme para qué necesitaban “esas pobres almas” un guía espiritual, si andaban tan perdidos, tan necesitados de un tutor que les aconseje y para qué, pues a la vista de su envoltura invernal no tenían nada que ver con los indigentes y desgraciados golpeados, perseguidos o abandonados del mundo real; quizás sólo estaban allí sus espíritus -eso son palabras mayores-, una forma tan íntima, especial, intransferible y amarga de sentir la existencia que sin embargo no impide “sufrir” este doloroso mundo material a costa de los demás -explotando, humillando, oprimiendo, robando, esclavizando o asesinando a impuros y paganos- sin dejar por ello de sentirse espiritualmente desamparados, un materialmente satisfecho desecho espiritual sin consuelo posible en este desdichado y terrenal mundo. Tantas caras bien alimentadas y protegidas contra el frío daban que pensar. Probablemente la mayoría tendrían sus detestables vidas materiales bien aseguradas como para disponer de tiempo para llorar de alegría, adorar y reverenciar a un pastor tan preciado. Pero ¿para qué necesitan el pastor? ¿tan desvalidos se sienten? ¿por qué, si por casualidad alguno de ellos ha leído la Biblia y para calmar el desamparo de sus atribuladas almas, no se dedican a llevar a cabo directamente en esta tierra de dolor la labor que intentó enseñarles el Cristo al que tanto dicen amar? ¿Dónde queda su amaos los unos a los otros?
Intentando evitar palabras mayores, desagradables o simplemente groseras me temo que tanto y tan buen corazón suplicante y henchido de fe mosqueaba a cualquiera que sin mucho esfuerzo se preguntara dónde paraba la justicia de toda aquella gente para con sus semejantes, ¿por qué no eran capaces de dejar de mirarse el propio ombligo y salían al mundo a ejemplificar con sus actos lo que sus rostros mentían? Tal vez la imagen del fariseo de la Biblia -muchos de ellos fingirían y tergiversarían ignorando a qué me refiero- sea una buena muestra para desenmascarar a tanto hipócrita necesitado únicamente de sentirse feliz consigo mismo celebrando a un pastor que nada hará por este mundo y que, si fuera honesto, dejaría todo lo que representa y se echaría a la calle para ayudar a los que realmente lo necesitan. ¿A qué pobres representan esos tipos de la plaza de San Pedro? Ya, a ricos pobres de espíritu.