“Monito”, uno de los personajes de la película, aprende, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, que crecer significa ir abandonando cada una de las certezas que dan consistencia y seguridad a la infancia para, poco a poco, adentrarse en la inquietante jungla de las contradicciones.
Si uno puede presumir de algo sin que se la caiga la cara de vergüenza es de sus propias contradicciones, precisamente a través de ellas cualquier hombre muestra su poder, tanto para imponerse a los demás como para soportarse a sí mismo, y a la larga enderezar unas vidas más que traídas a este mundo arrojadas por unos padres inconscientes que nos obligaron a existir en parte porque nos deseaban, nunca sabremos con seguridad para qué, y en parte porque tocaba, sin, afortunadamente y en la mayoría de las ocasiones, sabernos dar lo que más necesitábamos, de cualquier modo inservible para una vida propia que sólo a nosotros nos toca sacar adelante. Son precisamente esas contradicciones, ese andar entre lo que se puede o se debe y a nuestro pesar es, entre lo que se desea, no se debe y se acaba haciendo, entre lo que amamos, no debemos permitirnos pero no dejamos marchar, o entre lo que nos dijeron que sería de otro modo y sin embargo y para nuestra desgracia nos tiene agarrados y no sabemos o queremos soltar, las que nos van ordenando para que no nos descarriemos demasiado. Respiramos detrás de miradas que nunca sabemos a ciencia cierta si son nuestras o responden por otra persona, puesto que casi nunca tenemos que enfrentarnos a ellas y solamente cuando las vemos por primera vez, quizás en una fotografía siempre indiscreta, participamos desconcertados de otra realidad, la auténtica, de la que seguimos pensando que no nos pertenece, aunque el tipo que la mantiene se parezca a nosotros y se deje identificar con el mismo nombre; pero afortunadamente siempre es tarde para rectificar y nuestra pobre mirada sigue diciendo más de lo que nosotros quisiéramos y menos de lo que nos gustaría. Contradicciones que cada mañana, cuando nuevamente nos levantamos y nos enfrentamos al espejo para preguntarnos sin querer ¿qué puñetas hacemos aquí? siguen sin resolverse, esclavos de una inercia que nos obliga a erguirnos y caminar hacia delante conscientes de que preferimos mil veces más la cama que odiamos abandonar para dejar que la luz del sol nos inunde con una realidad hecha por otros que inevitablemente será la nuestra cuando acabe el día, soportada, mantenida y defendida a nuestro pesar mañana, convertida en nuestra propia vida, un recorrido plagado de encuentros inevitables a los que tuvimos que responder sin experiencia o con malas experiencias para terminar como al principio, sin saber realmente qué hicimos, por qué lo hicimos o qué queríamos hacer. Para entonces siempre será demasiado tarde y nuestra existencia sobrevivirá representada o amarrada a una pequeña fábula con consistencia propia y temporalmente un lugar en el mundo, desgraciadamente también en el de “los malos”, los dueños de las llaves del gran almacén donde se guardan todos los retratos, que ellos voluntariamente nunca verán y nosotros nunca sabremos que teníamos. Y todo sucede sin que nos dé tiempo a darnos cuenta.